El mayor autosabotaje de mi vida

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Desde que asistí a mi primera clase de Danza Oriental en 2001 me enamoré profundamente de ella. Me apasionaba su música, esa feminidad brutal de la cual carecía por completo (recordad el post en el que hablaba de mi estilo marimacho durante mi adolescencia) y, sobre todo, cómo me sentía yo al bailar esa danza. Además, descubrí que tenía un talento innato para ella. Se me daba mejor que a la mayoría de mis compañeras de clase y fui avanzando rápidamente hasta los niveles profesionales. Me formé con las mejores maestras y llegué a ser una buena bailarina. Y me pasé casi 10 años obsesionada con la danza con el único objetivo era convertirme en una bailarina de danza del vientre reconocida y poder vivir de mi pasión.

El comienzo de mi autosabotaje

Noche en Blanco 2009 - Templo Debod02Por aquel entonces trabajaba como creativa publicitaria y hacía malabares para compaginar mi trabajo en la agencia de publicidad con mi “afición-profesión” paralela. Todo mi tiempo libre lo dedicaba a recibir más clases para perfeccionar mi técnica o a los ensayos de la compañía. Tuve la oportunidad de bailar en muchos espectáculos tanto en grupo como en solitario. Para las coreografías grupales no escatimaba en ensayos hasta que nos salía a todas cuadrado, pero mi autosabotaje comenzaba cuando tenía que prepararme alguna coreografía grupal, ya que ahí me asaltaba mi adicción a la fantasía improductiva.

Cada vez que tenía la oportunidad de bailar en algún espectáculo me volvía loca de la emoción. Era una gran oportunidad para demostrar mi talento y mi creatividad, y de ese modo irme haciendo un “nombre”. Así que primero hacía una búsqueda exhaustiva de canciones hasta que encontraba aquella que me inspiraba más. Luego metía esa canción en mi iPod y me pasaba el día entero escuchándola: en el metro, en el trabajo, limpiando la casa… y me imaginaba qué pasos iba a hacer en cada parte, cómo podía jugar con los cambios de ritmo y cómo iba a hacer una coreografía espectacular. El problema es que como la imaginación es tan poderosa, cada vez que escuchaba la canción me imaginaba unos pasos diferentes y no llegaba a crear una coreografía coherente. Así que como había escuchado 200 millones de veces la canción, tenía en mi cabeza 200 millones de posibilidades.

Si se me ocurría en algún momento ponerme a bailar de verdad mientras escuchaba la canción, me bloqueaba. No sabía ni qué hacer en cada parte y acababa repitiendo una y otra vez los mismos pasos. Me frustraba mucho, porque en mi cabeza yo era una bailarina de la ostia, pero cada vez que intentaba hacer los pasos que se me habían ocurrido, mi cuerpo no respondía con la fluidez que yo quería porque no tenía integrados esos movimientos. Si en lugar de haber dedicado 200 horas a escuchar la canción hubiera ensayado 200 horas los pasos, otro gallo hubiera cantado. Así que acababa dejando para el día de antes del espectáculo el ensayo real. Como me sabía la canción de memoria improvisaba dos veces, me daba por satisfecha porque disimulaba super bien y me autoconvencía de que el día del espectáculo me iba a salir fenomenal. Además, tenía grabada a fuego la creencia de que era incompatible bailar una coreografía perfectamente ensayada con bailar con emoción y espontaneidad. Y yo que siempre he sido hiper-mega-emocional, quería lograr que el público se emocionara con mi arte…

¿Y qué pasaba el día del espectáculo? Que me ponía de los nervios por no haberme preparado nada. Salía tan nerviosa al escenario que me temblaban hasta las canillas. Improvisaba y me estaba contenta porque “no me había salido tan mal”, pero jamás llegaba a mostrar todo mi potencial. Por supuesto que no llegaba a emocionar al público tal y como yo esperaba ni por asomo. Y lo peor de todo es que tenía una excusa perfecta para consolarme si me había salido un churro, ya que “no había ensayado lo suficiente”. Eso sí, algo que no podía soportar era ver mis actuaciones en vídeo… no paraba de fijarme en mis fallos o defectos y me sentía fatal conmigo misma.

El fin del autosabotaje

Pulp Fiction Remix - Percusion01

No hace falta que diga que esta dinámica no me ayudó a conseguir mi sueño en absoluto. Afortunadamente para mí no mantuve esa dinámica durante todo ese tiempo. Tardé casi una década en tomar la decisión de no seguir saboteándome a mí misma y comencé a prepararme las coreografías al dedillo. Comencé a utilizar mi fantasía desbordada para crear coreografías originales y ensayaba hasta que mi cuerpo había integrado cada paso y cada transición. Cuando empecé a poner esto en práctica, mejoré notablemente como bailarina y comencé a disfrutar mucho más al bailar. Borré de mi cabeza la creencia absurda de que la coreografía era incompatible con la emoción y comencé a disfrutar interpretando mis coreografías con diversas emociones que no eran “estoy hecha un manojo de nervios pero disimulo con una sonrisa”. Un hecho sorprendente para mí fue que comencé a poder disfrutar viendo mis vídeos y ahora los veo con una sonrisa de oreja a oreja. Puedo percibir fallos y detalles a mejorar, pero ya no necesito ser mi peor crítica y machacarme cada vez que veo los vídeos. En el momento en el que dejé de ser una soñadora y me convertí en una auténtica creadora, mi autoestima comenzó a subir. Y lo más milagroso de todo esto es que cuanto más trabajo y más me esfuerzo, más autoestima y seguridad en mí misma tengo. Si le hubiera dicho yo esto a la Sara de hace 15 años… ¡lo que hubiera cambiado mi vida!

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