Papelera de reciclaje

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Hace 7 meses por estas fechas estaba de luna de miel. No fue una luna de miel como suele imaginarse la gente, ya que ni a Eduardo ni a mí, nos apetecía hacer el típico viaje. Lo que realmente nos apetecía era hacer el Camino de Santiago (sí, somos raros). Además, como también somos medio sadomasoquistas, en lugar de hacer el Camino Francés, que es el que suele hacer todo el mundo, decidimos hacer el Camino del Norte, ya que nos dijeron: “Es mucho más duro, pero mucho más bonito”. Y como no era suficiente reto para nosotros, decidimos llevarnos a Canela, para que conseguir alojamiento apto para perros se convirtiera en una gymkana apasionante.

Así que nos embarcamos en una aventura que jamás olvidaremos. El Camino te da lo que necesitas, por eso nunca dos personas recorren el mismo camino. A mí me dio momentos de todo tipo: reí, lloré, grité, me desesperé, sentí más fuerza que nunca, más cansancio que nunca, más dolor que nunca… allí todo se intensifica al máximo. Recibí muchas lecciones caminando, pero la más importante, me llegó el primer día.

Preparé la mochila minuciosamente para llevar exclusivamente lo IMPRESCINDIBLE. La revisé varias veces y la noche de antes hice limpieza de última hora quitando cosas para aligerar peso. El primer día, mis padres nos acercaron en coche al Puente de Santiago en Irún, para comenzar allí nuestro camino. Nos despedimos de ellos, comenzamos a caminar, y tras atravesar el puente y dar 10 pasos más, tuvimos que tomar una decisión: o soltábamos peso, o no llegábamos a ningún sitio. Llamé a mis padres, les pedí que volvieran y les dimos todos los materiales para acampar. Como íbamos con Canela y sabíamos que en los albergues no admiten perros, decidimos comprarnos la tienda de campaña más ligera del mercado y así asegurarnos que podríamos dormir en cualquier prado… Quizás hubiera sido más fácil dejar a Canela con mis padres, pero no queríamos separarnos de ella, así que soltamos unos cuantos kilos de peso cada uno y nos quedamos con lo realmente imprescindible. Ya veríamos la forma de dormir. “Así tendremos una oportunidad de llegar a algún lado” – dijo Edu.

Camino de santiagoComenzamos a caminar y a los 3 kilómetros de haber comenzado, yo entré en fase crítica. Me veía en medio de una montaña, andando a paso de tortuga porque la mochila me pesaba como si transportara piedras, con un dolor de cuerpo que no me aguantaba, y una mala ostia que no sabía si echarme a llorar o liarme a palos contra los árboles. “¿Por qué coño quería hacer esto? Tendríamos que habernos ido a la playa a tomar Daikiris y quemarnos al sol” Empezaron a salir a flote todos los “personajes” que me mantenían en la zona de confort, gritando y quejándose sin parar. Decidí dejar en esa montaña a esos personajuchos de pacotilla y fue sorprendente… Cuando tomé la determinación de soltarlos, sentí como si le quitara 5kg de peso a la mochila. Lo que me pesaba no eran las cosas físicas que cargaba, sino las creencias, los pensamientos y las emociones que me limitaban. Una vez soltado, comencé a caminar mucho más libre y con más energía.

El subidón de energía me duró los primeros 12Km. A partir de ahí, a cada kilómetro, mi concepto de imprescindible iba variando considerablemente. Mientras caminaba, mi mente no paraba de pensar qué llevaba en la mochila, qué necesitaba realmente y qué podía sustituir por otras cosas realmente imprescindibles. Lo primero que hicimos al llegar a San Sebastián, fue ir a la oficina de Correos y enviar a Madrid un paquete con todo lo prescindible. Entre los dos, enviamos 5kgs.

Pero ahí no quedo la cosa, porque al día siguiente, nuestro concepto de imprescindible volvió a cambiar. Cuando llegamos a Zarauz fuimos directos a la oficina de correos y enviamos otro paquete de otros 5kgs… Durante el resto del camino, nos reíamos mucho pensando en la cantidad de cosas estúpidas que estábamos cargando innecesariamente y que creíamos IMPRESCINDIBLES al principio.

Gracias a ello, nos llevamos una de las lecciones más importantes de nuestra vida: “No se puede avanzar, si cargas demasiado peso”. Así que cuando volvimos a Madrid, lo primero que hicimos fue hacer limpieza en la casa: de libros, de papeles, de ropa, de adornos, de trastos, de mails, de contactos en facebook, de creencias, de pensamientos, de emociones… empezamos a disfrutar del concepto de minimalismo. ¡Qué placer!.

Así que yo te recomiendo que te unas al plan “Papelera de reciclaje” y comiences a hacer limpieza a fondo en tu vida. No te digo que tires a la basura todo, hay cosas que puede que ya no te sirvan a ti, pero que a otra persona sí, así que puedes regalarlas, venderlas o reciclarlas. Seguro que hay momentos en los que te costará decidir si algo es o no imprescindible, así que ante la duda, te recomiendo que te hagas unas preguntas que a mí me ayudan mucho:

  1. ¿Me gusta o no me gusta? A veces guardamos cosas que no nos gustan sólo porque nos las regaló alguien, o porque hace años nos gustaban y ya no. Si no te gusta, ya sabes, a la Papelera de reciclaje (Tirar, vender o regalar). Si te gusta, pasa a la siguiente pregunta.
  2. ¿Me genera emociones positivas o negativas? A veces tenemos algún objeto que nos gusta, pero que nos recuerda a alguien con quien discutimos, y cada vez que lo vemos, evocamos esas emociones negativas. Si algo trae emociones negativas, deshazte de ello. Si son positivas, pasa a a siguiente pregunta.
  3. ¿La persona que quiero ser tendría este objeto? Con los años cambiamos, evolucionamos y nos transformamos. Si queremos avanzar hacia el futuro que deseamos, debemos soltar a nuestro «yo» del pasado y cargar sólo con aquellas cosas que nos ayudan a conseguirlo, que nos ayudan a convertirnos en nuestra mejor versión.

Espero que estas preguntas te ayuden a hacer limpieza física, mental y emocional en tu vida, tanto como me han ayudado a mí. Un abrazo!

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