Lo siento cariño, pero si quieres triunfar elige otro camino

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Yo sé que que suena muy duro, pero sinceramente me hubiera gustado que alguien me hubiera dicho la verdad cuando era pequeña. De niños nos llenan la cabeza con que podemos ser lo que queramos, que sólo tenemos que esforzarnos y llegaremos a donde queramos. Eso es MENTIRA. Lo siento, es así, pero por mucho que te esfuerces en determinadas áreas, si no hay una pizca de talento, lo único que conseguirás es frustrarte. Sé que circulan en la red algunas historias de personas que a priori no tenían talento para ciertas actividades y tras mucho esfuerzo consiguieron triunfar. Probablemente haya excepciones, pero en el 99,9% de los casos esforzarse en algo para lo que no se tiene ni una pizca de talento sólo lleva a un camino: la frustración.

Albert Einstein dijo: «Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil». Y eso me pasó a mí.

Comenzando a trepar árboles

Cuando tenía 9 años se dieron dos circunstancias que hicieron que tomara una decisión que me marcaría el resto de mi vida:

  1. Comenzaron a emitir por la televisión la serie de anime Piruetas, cuya protagonista era Valentina, una joven que soñaba con convertirse en campeona olímpica de gimnasia rítmica.
  2. Un día llegó a clase la entrenadora de gimnasia rítmica de competición del colegio, buscando candidatas para hacer equipos y poder competir contra otros colegios.

Entre que me había enganchado a la serie y Carmen, la entrenadora, nos propuso de una forma tan apasionante el hecho de formar parte de un equipo y competir, decidí apuntarme a las clases. No tardé mucho en darme cuenta de lo fácil que les era a otras niñas hacer ciertos ejercicios de flexibilidad que a mí me parecían imposibles. Pero yo veía la serie de Piruetas, donde Valentina al principio no tenía mucho talento, pero tras esforzarse mucho, comenzaba a demostrar sus verdaderos talentos y lograba convertirse en una gran gimnasta. Y yo me lo creí. Soñaba con triunfar como Valentina, así que comencé a entrenar muy duro. Volqué toda mi pasión, mi entusiasmo y mi voluntad en querer mejorar como gimnasta. Y aunque logré mejorar lo suficiente como para hacer un spagat o un estiramiento lateral de pierna aceptables, nunca llegué a alcanzar un nivel de flexibilidad como otras chicas.

Tengo recuerdos de estar totalmente concentrada en clase, dándolo todo para conseguir ser cada vez un poco más flexible, mientras que el resto de compañeras hablaban entre ellas, se reían y jugaban. Un año al finalizar el curso, mi entrenadora me entregó la medalla al «interés», por ser la que más se esforzaba en clase. Estoy segura de que ella hubiera dado lo que fuera por que cualquiera de las niñas que tenían talento natural para la gimnasia rítmica hubieran tenido la mitad de interés que yo. La verdad es que había muy mala combinación en nuestro equipo: quien tenía interés no tenía talento y quien tenía talento, no tenía mucho interés. A pesar de todo, logramos una buena colección medallas en competiciones locales, pero nunca pasamos a competiciones de más nivel.

Después de 5 años, agoté todas mis reservas de voluntad y con la excusa de una lesión de espalda dejé la gimnasia rítmica. Me sentía totalmente frustrada. De hecho pasaron muchos años hasta que pude volver a ver competiciones de gimnasia rítmica en la televisión sin sentir ansiedad. Ver a esas chicas con tanto talento sólo me recordaba lo inútil que yo era.

Todo animalillo tiene su talentillo

Cuando comencé la universidad sentía que necesitaba hacer algo de ejercicio físico y decidí apuntarme a clases de baile. Quería probarlo todo, así que el primer año me apunté a clases de sevillanas, de bailes latinos, de funky y de danza del vientre. Rápidamente destaqué en las clases como una de las mejores, algo que me pareció natural, ya que en el colegio ya había destacado por ser la que me mejor bailaba de clase. Recuerdo que me llevaba el radiocasete al recreo y me inventaba coreografías. Se me acercaban niñas de otros cursos a las que no conocía para decirme que bailaba muy bien. Y un día en clase de gimnasia hubo una pequeña trifulca porque teníamos que bailar una coreografía de Grease y varios chicos querían bailar conmigo porque yo era la mejor. Tenía talento natural para la danza, pero no fui a clases de pequeña sencillamente porque en mi colegio no las ofrecían y no había una serie de anime por la época en la que la protagonista fuera una bailarina…

El caso es que con 19 años comencé a bailar y me enamoré de la danza del vientre profundamente. Por lo que poco a poco fui dejando el resto de estilos para enfocarme en la danza oriental, a la cual le acabé dedicando más de una década de mi vida. Podéis ver mi trayectoria en mi porfolio de danza. Al poco tiempo de comenzar mi andadura como bailarina comenzaron a surgir oportunidades para bailar en público. Tenía talento, pero no me quedaba voluntad para seguir esforzándome… al fin y al cabo tenía la creencia grabada a fuego de que yo no valía y que por mucho que me esforzara no iba a obtener ningún resultado. Así que no creaba ninguna coreografía, me aprendía la música de memoria, me imaginaba un millón de movimientos diferentes que nunca ensayaba y el día del espectáculo improvisaba de mala manera. Nunca estaba satisfecha con el resultado, salía al escenario súper nerviosa y me bajaba de él con la sensación de que no había dado lo mejor de mi. No me gustaba verme bailar en vídeo, no paraba de verme fallos y de ver movimientos repetitivos sin ninguna gracia. Pero lo peor de todo es que como tenía talento natural nunca hice un ridículo espantoso como para ponerme las pilas en serio. Siempre salía del paso e incluso había mucha gente que me felicitaba por lo bien que bailaba. Talento sin esfuerzo + fans = mala combinación.

Comencé a formar parte de varias compañías de danza en las que aprendí la necesidad de ensayar, ensayar y ensayar antes de mostrar la coreografía al público. Fue aquí donde salió a flote mi bloqueo y me di cuenta de mi gran dificultad para memorizar las coreografías. Ahora soy consciente del por qué: no había suficiente interés. Y esto puede parecer contradictorio porque mi mayor sueño era convertirme en una bailarina reconocida a nivel internacional y recorrer el mundo bailando… La cuestión es que había una gran disonancia entre mis sueños y mi voluntad. No iban a la par y eso hacía que me autosaboteara. Le dedicaba muchas horas a la danza, pero no eran horas de calidad porque no ponía todos mis sentidos. Y eso acabó conmigo. Terminé agotada a todos los niveles.

Camarón que no nada se lo lleva la corriente

A todo esto se sumó un bloqueo profundo a nivel creativo por trabajar en una agencia de publicidad en la que no valoraban ninguna de mis ideas. Así que en 2012 toqué fondo y tuve que dejarlo todo. Dejé los escenarios, dejé la Guía ConOriente la cual estaba co-dirigiendo por aquel entonces y dejé la agencia de publicidad. Pero fue en ese momento en el que me surgió la oportunidad de impartir clases de danza en varios centros diferentes y comencé mi andadura como profesora de danza.

Fueron los años en los que más mejoré como bailarina. Tuve que procesar lo que me salía de forma natural para explicárselo a mis alumnas y que fueran capaces de replicarlo a pesar de no tener talento natural. Aprendí a crear coreografías para mis alumnas, que luego bailé yo sola en algunos espectáculos y por primera vez pude verme bailar en un vídeo y gustarme el resultado. Brillaba mucho más en el escenario. No salía tan nerviosa porque me sabía la coreografía al dedillo y podía centrarme en la interpretación de los movimientos que ya tenía integrados. Pero aun así yo no estaba bien. Y ahora sé que es porque me sentía tan inútil que salía al escenario buscando que el público reconociera mi valía. Me preocupé tanto de agradar a los demás que me olvidé de lo más importante: agradarme a mí misma y disfrutar. No disfrutaba bailando, entonces ¿para qué lo hacía?

En busca de la coherencia

En 2014 no pude más, dejé las clases y no volví a bailar más. Llevaba tanto tiempo sin disfrutar que acabé aborreciendo todo lo relacionado con la danza del vientre. Más de una vez he comentado que si hubiera visto a otra niña más vestida de princesita moviendo cadera arriba cadera abajo, hubiera salido en los periódicos por ataque de locura transitoria.

En estos últimos 4 años he hecho un reseteo de toda mi vida. Mi único objetivo ha sido ESTAR BIEN CONMIGO MISMA (así en mayúsculas). Me he centrado en resolver los conflictos que me hacían ser incoherente o sufrir por temas que no lo merecían. Y poco a poco todo en mi vida se ha ido recolocando. Ya no soy la misma de hace 4 años, ni siquiera la misma de hace un año. En ocasiones veo fotos de hace unos años y no me reconozco. Sé que esa fui yo, pero veo todo lo que he dejado atrás: miedos, inseguridades, frustraciones, creencias limitantes…

Nunca me ha dejado de gustar la danza, pero en mi proceso de vivir en coherencia conmigo misma no podía seguir bailando mientras no disfrutara de verdad con ello. Ahora soy consciente de que si toda la voluntad y esfuerzo que volqué en la rítmica lo hubiera dedicado a la danza, hubiera sido una niña prodigio. Pero he pasado toda una vida creyendo que no valía y que era una fracasada. Yo me convertí en mi peor juez, por eso buscaba fuera jueces más benévolos que me reconocieran mi valía.

Nuevos retos

¿Sabes por qué sé que el trabajo interno que he hecho durante estos últimos años ha funcionado? ¡Porque mi cuerpo me pide volver a bailar! ¡Y estoy ilusionada! Vuelvo a bailar por puro placer 🙂 Comienzo una nueva disciplina que me supone un reto y me obliga a esforzarme al máximo y poner todos mis sentidos, porque me va a enfrentar a uno de mis mayores miedos. Tengo el talento, ahora quiero unirlo al esfuerzo y a la voluntad sólo para saber hasta dónde puedo llegar. Sólo tengo en mente volver a disfrutar como cuando de pequeña me ponía el radiocasete en el recreo. No necesito ser una bailarina reconocida, no necesito que nadie reconozca mi valía porque YO YA SÉ QUE VALGO, independientemente de mis errores y de mis aciertos. Soy valiosa sólo por el hecho de existir. Y voy a celebrar mi valía haciendo que mi espíritu se llene de alegría, de ilusión, de vitalidad y de creatividad: BAILANDO.

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