Cómo me convertí en una soñadora compulsiva

Continuamos nuestro viaje por el apasionante mundo de la personalidad del artista. Como ya vimos en los últimos posts, el artista en la infancia no se siente identificado ni con sus padres ni con su entorno. Como se siente la oveja negra de la familia, comienza a buscar una identidad propia. Y como no la encuentra fácilmente en su entorno físico real, comienza desde muy pequeño a buscarla en un entorno de fantasía. Para no sentir todo el dolor que tiene dentro por sentirse abandonado (real o imaginariamente) por sus padres, se sale de sí mismo, se ensimisma y se vuelca en sus fantasías, convirtiéndose en soñador compulsivo.

Soñador compulsivo profesional

Algo que nos suelen decir a los artistas es que estamos “embobados”, “en babia”, “en las nubes”, “en la parra”, “empanados”… nuestra cabeza no para de fantasear, tenemos un mundo interior muy rico, mucho más intenso que el resto de las personalidades.

nodding dogDe hecho, yo ese mundo interior de fantasía lo cultivé especialmente durante el colegio y la universidad. Porque para mí era tan tedioso el colegio y tan soporíferas las clases, que yo necesitaba evadirme para no morir de aburrimiento. ¿Sabes esos perritos de juguete con la cabeza articulada que se colocan en el coche? ¿Esos que con la vibración del coche hacen que la cabeza se mueva del tal forma que parece que está diciendo sí a todo? Pues en el colegio me convertí en una auténtica profesional del nodding dog para que no me regañaran ni me pusieran mala nota por no atender en clase. La táctica es fácil:

  1. Mirar al profesor con gesto de: “soy todo oídos”
  2. Si éste se pasea por la clase, seguirle con la mirada allá donde vaya con actitud de: “no me quiero perder ningún detalle”
  3. Asentir de vez en cuando con la cabeza (sólo si te mira el profesor) para indicarle: “lo estás explicando clarísimamente”
  4. Alternar mirada al profesor con escudriñamiento de pizarra en plan: “me estoy rompiendo la cabeza para comprender esto”
  5. Apuntar en tu cuaderno aquellas palabras o frases que te llamen la atención. Si no te llama la atención ninguna, haz como si tomaras apuntes y escribe lo que sea.

Todo esto yo lo hacía de manera automatizada, ya que aunque aparentemente toda mi atención estaba en la clase, en realidad mi cabeza estaba en los mundos de “Sarita la Fantástica”. En la universidad llegué a depurar tanto la técnica, que era capaz de transcribir cada una de las palabras del profesor mientras yo daba rienda suelta a mi imaginación.

De hecho, en una quedada con compañeros de la universidad se pusieron a hablar de un profesor y de una asignatura que yo había borrado por completo de mi mente. Del profesor no recordaba ni su cara, ni su nombre, ni nada de lo que había explicado en clase, y eso que habíamos terminado la carrera hacía apenas un año. Yo llegué a preguntarles: “¿Pero yo estaba en esa clase?” – “Sí, Sara, sí”, afirmaron todos a coro sin un ápice de duda. Por un momento llegué a plantearme que habíamos estado en mundos paralelos y por eso no recordaba nada. Y realmente fue así, porque estuve de cuerpo presente, pero mi cabeza jamás estuvo ahí.

Evasión con la imaginación

En aquella época, dediqué tantas horas a mis ensoñaciones que mi imaginación no tenía límites. Soñaba con lo que me gustaría llegar a ser, o cómo sería mi cita ideal con el chico que me gustaba por aquel entonces, o las conversaciones que tendría con ese famoso a quien admiraba, o cualquier cosa. Siempre estaba imaginando que me tocaba la lotería, que llegaba un cazatalentos y me decía que iba a ser la protagonista de su película, o cómo sería la casa en donde iba a vivir, y a qué países iba a viajar… Y yo estaba ahí imaginando siempre todo lo que iba a hacer mientras que dejara que la vida real pasara. Yo vivía en mi fantasía, pero realmente el tiempo pasaba sin que yo viviera en realidad, era una forma de salirme de mí misma.

Algo común a la mayoría de los artistas es que SIEMPRE estamos esperando que haya un cambio en nuestra vida. Esperamos que llegue un salvador que nos rescate de nuestra mísera vida, que aparezca el príncipe azul o la princesa de nuestros sueños para que vivamos felices y comamos perdices, que nos toque el euromillón o que se alineen los planetas y que alcancemos la iluminación que nos hará ser felices para siempre.

Cuando no logramos engancharnos a sueños de futuro, como somos soñadores compulsivos, nos vamos al pasado. En esas situaciones rememoramos constantemente en nuestra cabeza situaciones pasadas y podemos entrar en bucle de fantasear con lo que tendríamos que haber dicho en ese momento, qué hubiera respondido la otra persona, qué le hubiera argumentado yo…

Además, no necesitamos ensimismarnos con la boca abierta mirando las musarañas para hacerlo, cualquier actividad que se pueda hacer automáticamente es una invitación al artista para que siga soñando. Con lo cual podemos:

  • Lavarnos los dientes mientras viajamos por Plutón
  • Comer un cocido madrileño mientras estamos bailando ante 2000 personas
  • Ducharnos mientras tenemos una discusión filosófica con Gandhi
  • Hacer abdominales mientras tenemos una cita de ensueño con nuestro amor platónico
  • Pasear por la calle mientras hacemos listado mental de todas las cosas que haremos cuando nos toque la lotería

Ver vs. Mirar

De hecho, a mí me han dicho ya bastantes veces: “Oye, te vi el otro día, te estuve saludando, llamando, gritando, haciendo gestos con los brazos, pitando con el claxon de la moto, del coche… y no te enteraste” – “¿En serio? No me enteré… estaría en mis cosas”, respondía. Claro que estaría en mis cosas, el problema de la ensoñación es que nubla los sentidos. Ni ves ni oyes.

Y me ha pasado muchas veces de que algunas personas se han enfadado conmigo porque por la calle me han saludado, yo las he mirado, y no les he dicho nada. Y lo peor de todo, es que a los 5 minutos de haberme cruzado con esa persona, es como que mi cabeza hiciera la conexión y reconozco de repente a esa persona. Cuando la he vuelto a ver, he tenido que explicarle, que el hecho de que la mire, no quiere decir que la vea. Porque si estoy pensando en mis cosas, yo dirijo la mirada hacia ti, pero no te estoy reconociendo, porque no te estoy viendo. Lo único que estoy viendo en ese momento es lo que está dentro de mi cabeza.

Es como si limitara la visión a ser un detector de peligro. Mantengo la misión como si fuera un pequeño soldado que está ahí para dar la voz de alarma en caso de emergencia y aún así muchas veces no funciona porque el soldado también está en la parra. Yo con 16 años siempre decía que había heredado los peores genes de ambas partes de mi familia y que tenía el “gen torpe”, porque me iba chocando con todos los bolardos que había por la calle. Y no es que tuviera ningún “gen torpe”, es que estaba en mi parra, estaba con la cabeza en las nubes y no miraba por donde andaba. Con lo cual tenía las piernas siempre llenas de moretones porque me iba chocando con todo lo que se cruzaba en mi camino.

Además, de pequeña mi abuela siempre insistía en que yo debía de tener problemas de audición porque por más que me llamaba, yo no reaccionaba. Pero claro, ¿cómo iba a enterarme que me llamaba cuando yo estaba abducida por los dibujos animados de la televisión? Me quedaba embobada con la cuchara en la mano y la boca abierta, sin que la comida terminara de entrar en la boca, y por más que mi abuela me dijera: “Sara, come”, yo estaba viviendo literalmente lo que vivían los dibujos animados, era como si me metiera en la fantasía que me estaban contando y la viviera como un espectador desde dentro. De tanto insistir, mi madre me llevó al médico a hacerme pruebas de audición y efectivamente no tenía ningún problema auditivo. No estaba sorda, estaba inmersa en mi propia fantasía.

¿Y tú, eres un soñador compulsivo? ¿también te dejabas llevar por la imaginación en clase? ¿cuáles eran tus momentos favoritos para fantasear? ¡Cuéntame!

3 pensamientos sobre “Cómo me convertí en una soñadora compulsiva”

  1. Pingback: Cómo dejar de lado la fantasía improductiva - Artista360

Deja un comentario